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¿Por qué tomamos ciertas decisiones al volante?

Los datos no dejan lugar a dudas: se producen anualmente casi 1.000 muertos en accidente de tráfico en España. Además, según datos del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, en el año 2016, un 11,4 % (64.737) del total de accidentes de trabajo corresponden a accidentes laborales de tráfico, y de estos, un 33,1 % son mortales.

Los datos que maneja Asepeyo no hacen más que corroborar los mencionados anteriormente, ya que en la población de empresas de la Mutua los accidentes de tráfico representan el 13 % del total de accidentes laborales gestionados. Y en el caso de los accidentes mortales laborales, el 35 % son de tráfico.

A la luz de estos datos, los accidentes laborales de tráfico representan un grave problema para las empresas y para la sociedad en general. Pero,¿nos hemos preguntado alguna vez por qué pasan los accidentes? 

La respuesta a esta pregunta no tiene una fácil solución, pero sí tenemos algunos datos y hechos que nos permiten darle una explicación.

Según el famoso estudio de la Universidad de Indiana “Tri level-study sobre accidentalidad vial”, y vigente aún hoy día, los principales factores que causan los accidentes de tráfico son:

  • Los factores humanos, en una proporción entre el 71 y el 93 %. El alcohol, la velocidad excesiva y las distracciones son las causas más frecuentes de accidente debidas al componente humano en la conducción.
  • Los factores ambientales, en una proporción entre el 12 y el 34 %. El estado de las vías de circulación y las condiciones climáticas son las que contribuyen a este porcentaje.
  • Los factores del vehículo, en una proporción entre el 5 y el 13 %. El mal funcionamiento de los elementos de seguridad activa (neumáticos, dirección, suspensión, etc.) y de seguridad pasiva del vehículo (cinturones de seguridad, airbag, barras laterales, etc.).

Así que, si el factor humano es el que en mayor medida contribuye a los accidentes de tráfico, es interesante preguntarse ¿por qué tomamos ciertas decisiones al volante? Analizar los motivos por los que las personas ejecutamos determinados comportamientos, aún a sabiendas de que pueden ser perjudiciales para nuestra integridad.

Los humanos organizamos la comprensión del mundo que nos rodea a través del fenómeno conocido como percepción. Éste es el proceso que nos permite interpretar los estímulos del entorno y que nos lo hace comprensible. Por tanto, la percepción de la realidad constituye uno de los elementos fundamentales que hace que tomemos una decisión, o que ejecutemos un determinado comportamiento.

Este fenómeno actúa del mismo modo en el proceso de interpretación de una situación potencialmente peligrosa, es decir, en la percepción del riesgo. En base a toda una serie de variables (contexto, valores, principios morales, experiencias, conocimientos, etc.) tomamos una decisión y ejecutamos un comportamiento más o menos peligroso.

Veamos, según el siguiente esquema, y a través de un ejemplo, el desarrollo del proceso por el cual ante una situación potencialmente peligrosa optamos por un comportamiento u otro.

 

Planteemos una situación que seguro que a la mayoría nos ha ocurrido en alguna ocasión: la decisión, mientras conducimos, de cruzar, o no, con el semáforo en rojo.

Lo primero que hacemos para poder tomar una decisión al respecto es evaluar la peligrosidad de la situación. ¿Es peligroso saltarse el semáforo en rojo? Evaluamos esta pregunta en base al grado de vulnerabilidad que la situación nos plantea y a una serie de pensamientos recurrentes que tenemos los seres humanos (sesgos cognitivos).

¿Cómo soy de vulnerable dentro de un vehículo? Estructura reforzada, todos los elementos de seguridad, vehículo en perfecto estado. Conclusión: nos sentimos seguros, resistentes y fiables; por tanto, la sensación es de total invulnerabilidad. En el caso de que los vehículos fueran transparentes, probablemente disminuiría esta sensación de invulnerabilidad.

Por otro lado, existen una serie de pensamientos (sesgos cognitivos) que influyen en la percepción del riesgo, bien sea aumentándola o bien disminuyéndola. Por ejemplo: una situación nueva aumenta la percepción del riesgo, la obtención de un beneficio disminuye la percepción del riesgo, una situación elegida disminuye la percepción del riesgo, etc. En nuestro ejemplo del semáforo el pensamiento es: “voy más rápido, llego antes”; por tanto, obtención de beneficio inmediato, ergo disminución de la percepción del riesgo.

Una vez determinada la peligrosidad, la siguiente fase consiste en evaluar la capacidad de control que la persona tiene sobre la situación. Esta capacidad de control está determinada por la experiencia en situaciones similares.

La experiencia me dice que alguna otra vez que he cruzado el semáforo en rojo no ha ocurrido nada. Además, dispongo de la información  y conocimientos necesarios sobre la situación, controlo mis reacciones emocionales y mi comportamiento. Conclusión: tengo el control total de la situación. La consecuencia de ello es que disminuye la percepción del riesgo de cruzar en rojo.

Por último, una vez evaluada la peligrosidad y la capacidad de control sobre la situación, se produce la valoración del riesgo. En base a los resultados de las fases anteriores, obtendré una percepción del riesgo alta o baja. En el caso de que sea alta, el comportamiento asociado será favorable a la prevención, mientras que si la percepción es baja, el comportamiento será inseguro.

En nuestro ejemplo, ambas fases nos dan un resultado de percepción baja, así que el comportamiento asociado a este resultado será saltarse el semáforo en rojo.

Todo este proceso ocurre en nuestro cerebro en milésimas de segundo, así que no somos conscientes de que los estamos realizando; sin embargo, se produce y nos lleva a la ejecución del comportamiento.

Llegados a este punto, la siguiente pregunta que cabe formularse es: ¿qué podemos hacer para evitar accidentes? La respuesta es evidente: aumentar la percepción del riesgo para lograr que los comportamientos sean preventivos.

Desde el ámbito de la prevención proponemos dos soluciones:

  • Por un lado, crear acciones de información y sensibilización que proporcionen la posibilidad de vivir experiencias que aumenten la percepción del riesgo. Para ello Asepeyo dispone de simuladores de conducción de alta inmersión que recrean situaciones de la circulación, que de otra manera no podríamos experimentar sin sufrir percances.
  • Y, por otro, proporcionando a las empresas la información adecuada, en base a publicaciones y asesoramiento, sobre la implantación de planes de movilidad que ayuden a reducir la siniestralidad de tráfico, ya sea en el ámbito laboral o personal.


Jordi Serra Pallisa
Director área Psicosociología y Formación
Dirección de Prevención de Asepeyo
linkedin.com/in/jordiserrapallisa